Yo era el campeón mundial en llevarme la contraria. La estupidez humana no podía tener mayor artífice que yo y lo sabia, sin embargo así estaba yo noche tras noche y día tras día, tratando de convencer a mi corazón de usar mi cerebro a conveniencia para no llevarnos a los dos al precipicio del desamor.
Y no importo lo mucho que lo intente, al final allí estábamos los dos, mi corazón y yo en ese laberinto de desamor que yo mismo me invente y del cual yo, amo y señor de las incoherencias del amor, pensaba salir utilizando las mismas causas, motivos y razones que me habían llevado hasta allí.
Estaba yo entonces en una analogía mitológica, de un tal Ícaro atrapado una vez en un laberinto… Yo sabia que no acabaría distinto. Era solo cuestión de lógica e instinto saber que siendo victima de las metáforas, el buen Ícaro y yo acabaríamos de la misma forma.
La primera metáfora, de toda esta desdichada historia fue ese laberinto que me hacia sentir la mas grande escoria y del cual pude salir en cualquier momento, si solo hubiese tenido el valor de olvidar el motivo de mi tormento, mi segunda metáfora… Una mujer. Tan cálida, atractiva y llamativa como el sol que una vez atrajo a Ícaro.
La tercera metáfora fueron las alas que yo mismo fabriqué a base de esperanzas de estar con ella y el amor que le tenia. Esas que fabriqué a pesar que no debía. Por mas bella que ella fuese, por muy mal que me tuviese, no debía, pero aun así a diario las usé.
Y una cuarta y ultima metáfora. El mar. La tumba de Ícaro. El mío es un mar de tristeza y depresiones, de lagrimas y decepciones en donde a ella al parecer no le importa verme caer y caer una y otra vez.
Ícaro intento salir volando con las alas que el mismo construyo y al acercarse demasiado al sol, la cera con la que pego sus alas se derritió, llevándolo a morir en las aguas de un mar bravío.
Ese soy yo. El Ícaro emocional que hizo y hace lo mismo, al hacerse ilusiones cuando un día ella me ama y al siguiente se olvida que existo, y que sigue con con su capricho de acercarse al sol, aun sabiendo que al final no tendrá mas que tristeza, lagrimas y dolor, pero aun así sigue queriendo sentir su calor, su olor y su amor…
Yo caigo al mar y revivo dentro de ese laberinto, para volver a pasar por todo esto. La única diferencia entre Ícaro y yo fue que el murió y yo muero lento día tras día mientras termino y comienzo de nuevo este cuento.
Juan L. Quintero